Escrito por Héctor Izquierdo
Acuña

El descontento de los cubanos con la política
seguida por el gobierno español llegó a su máxima expresión, cuando fueron
rechazadas sus demandas reformistas en la Junta de Información.
España hacía caso omiso a las aspiraciones
cubanas y daba al traste con ellas, y lejos de hacer concesiones que las
favoreciera, elevaba aún más los impuestos y por último, enviaba a ocupar el
cargo de Capitán General de la
Isla al déspota Francisco Lersundi, conocido por su desprecio
por los cubanos, y por su inclinación para cometer atropellos y abusos como
métodos para gobernar.
En la región oriental, un grupo de hacendados
cubanos había interiorizado que por medio del reformismo nada se podía
alcanzar, por lo que optaron por el único camino que quedaba libre como vía
para lograr sus aspiraciones: la lucha armada por la independencia.
Luego de una previa etapa, durante la cual los
elementos más revolucionarios del país estuvieron preparándose para la
insurrección, el 10 de octubre de 1868, en el ingenio La Demajagua estalló la
guerra. Allí, al amanecer de ese día, se dieron cita numerosos patriotas
orientales para dar inicio a la lucha por la independencia de Cuba; poco después, se extendió por todo Oriente y
más tarde, el 4 de noviembre, Camagüey se incorporó a la lucha.